El amor, la muerte, el enano, la furcia (Cuarta parte)

- Sí, una mujer joven, con las ubres al viento, corría como quien lleva el diablo a su espalda... No, no le ví la cara. Usted comprenderá.

El comisario tomaba nota. Mientras, en casa de Melquíades la científica tomaba huellas y especulaba sobre lo sucedido. La habitación presentaba un aspecto deplorable. Libros y comida podrida germinaban por todo el piso. Ese olor dulzón hubiera penetrado en la nariz más inodora. Sobre la cama, Melquíades yacía inerte, en posición equina, con los muslos y piernas apretados. Todo parecía indicar que el cadáver había sufrido una paraplejia espástica. La confirmación la daba el
baclofén encontrado en la mesilla junto a la cama. El rigor mortis sugería que la muerte había sucedido hace ya varias horas. Pupilas contraídas, semblante deforme, aproximación maxilar, eyaculación post mortem, cutis anserina, retracción del escroto, manos cerradas. Un policía recogió meticulosamente del quicio de la cama un sostén de generosa talla, unos zapatos de aguja rojos y una falda verde plisada.

- Sí, es la casa de Melquíades, un ricachón con muy mala leche, ¿sabe usted? Los chiquillos le tiran piedras, porque es feo como la peste, y enano. A mí me da lástima, pero es para apedrearle y más. Aquí no cae muy bien a nadie. Tenía fama de loco, tacaño y guarro. Se le veía más bien por el barrio de los bohemios, siempre en el casino, rodeado de artistas, escritores y cabareteras. Yo no es que quiera meterme en lo que no me llaman, pero a mí me huele a que andaba metido en política.

- ¿Qué sabe de sus visitas?

- Suele traer putas a su casa. Es sabido por todos. Yo desde mi ventana le veía subir a su casa con una, a veces dos, borracho casi siempre... No, no les vi la cara. Pero pregunte por el barrio. Todo el mundo sabía de sus juergas.

- Dicen que es anarquista y jugador, que ganó su fortuna del contrabando al que se dedicaba su familia hace ya muchos años, antes de la Gran Guerra. Usted pregunte, ya verá.

- ¿El enano? Sí, ¡menudo maltés! Ahí donde lo ve usted, sabía divertirse de lo lindo. Ya quisiera yo. Claro que con dinero uno puede hacer lo que le plazca, ¿no cree usted?

- A mí no me pregunte. Yo no quiero saber nada. Que después quién sabe qué te puede pasar... Sí, era de la familia de los Zambrano, los dueños del pueblo... No, lo siento, tengo prisa.

El comisario se acercó al casino en busca de respuestas. Monte Carlo, así se llamaba. Dicen que lo construyó el abuelo de Melquíades Zambrano; al parecer era un indiano venido a más, que regresó a su casa rico y sifilítico.

- No vio terminar el edificio -declara el barman-; su hijo, Melchor Zambrano, le sucedió, haciéndose cargo de los muchos asuntos de la hacienda familiar. Éste tuvo dos hijos, Cristiano y Melquíades. Del primero solo sabemos que al cumplir la mayoría de edad -quizá menos- salió sin mediar palabra de su casa y se embarcó a las Américas en busca de Dios sabe.

- Las malas lenguas dicen que fue a buscar a su madre, una meretriz de lujo que aún vive en Buenos Aires y de la que poco más se sabe que era bellísima y estimada en su oficio. A su lupanar no arribaban gente de mal vivir, no; políticos, banqueros y gente respetable requerían sus servicios cada noche, y ninguno se quejaba. Pero ya digo, son las lenguas envidiosas las que fabrican su biografía.

- ¿Enemigos? Melquíades tiene muchos enemigos. No vaya usted diciendo por ahí que yo se lo he dicho, pero es envidiado y temido a partes iguales. Nadie se atreve a contrariarle, pese a que en cualquier refriega hubiera salido perdiendo. La familia Zambrano tiene mucho peso en este pueblo. Pero Melquíades es enano, mal parecido y pedante. Aquí viene cada noche, no falla; es de piñón fijo. Se sienta ahí, en esa mesa del rincón, con su grupo de estirados que le ríen los poemas. Los declama a grito pelado, para que todos puedan oírle. Pero consigue más piedad que empatía. Melquíades posee una voz aguda, casi de niño. Una estatura y un timbre de esa naturaleza acaban con el prestigio de cualquiera. Y si encima te da por memorizar en voz alta versos afectados, ¿dígame usted si no es para reírse? De todas formas, ya le digo, en el casino nadie se ríe de él, todos le siguen el juego. Si tienen suerte, quizá les invite a una copa. Que es casi nunca. En fin, ya sabe, yo no he dicho nada.

- Mujeres las tiene a espuertas, pero es agarrado. Y ellas quieren dinero en mano. Hoy en día no se sabe quién te la puede jugar. Además, todos conocen la fama de Melquíades. Paga al final de la faena y ellas no se fían. Aún así día sí, día no, conseguía liarse al brazo a una puta. Aquí abundan, ¿sabe? Somos el pueblo con más putas por metro cuadrado. Pregunte a quien quiera. Aparentemente, nadie es puta, pero llega la noche y todo el pueblo se divide en putas, clientes y amas de casa. El paro, ¿sabe usted? Falta trabajo y el poco dinero que se tiene se gasta en vino y putas. Dicen que hace veinte años en este pueblo no había ni una, pero los Zambrano trajeron un barco repleto de putas desde Buenos Aires. Y hasta hoy. Se reproducen como conejos.

- Sí, tenía sus preferidas, claro. La Garocha, la Reme, la Picúa y un puñado más. Le gustaban tetonas y altas. Era una película verle como es, enano y deforme, con esas jamelgas de carnes prietas, agarrando su cabeza alrededor de la mano calle abajo... ¿Ayer?, ¿zapatos rojos y vestido verde? Sí, puede ser. Pruebe con la Villalobos, vive cerca de aquí, en el pico Ferrán, la última casa a la derecha. No tiene pérdida. Pero tenga cuidado, Irene tiene muy mala leche. Además, duerme de día. Evidente, ¿no?

Ramón Besonías Román

6 comentarios:

  1. Ra(y)món(d) Chandler, con su cinismo habitual, nos envía a Marlowe para investigar la causa de este otro "sueño eterno" entre el vecindario esquivo y malintencionado. Un fragmento de la novela -casi del cine- negra, aclimatada en este pueblo de la España profunda. Giro copernicano y un final albertiano que cerrará esta saga: la del quinteto de la muerte y de todo lo demás.

    Chapeau, Ramón.

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  2. los zambrano se siguen dedicando a la carne:

    http://www.zambrano.com.uy/intro3.html

    huyeron de buenos aires hace años por un asunto de faldas y cruzaron el charco.

    salú!
    f

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  3. por andar un tanto esgunfiada, hacía rato que no venía al bar.(de esgunfie, el brindis se me da triste), pero, mejor para mí. me he leído esta historia de melquíades, la irene y poderoso caballero don dinero, sin respirar. y acá estoy con las manos coloradas de aplaudir.
    chapó, troesmas y un abrazo a la Piba, mi compatriota, lo que digo silabeando, para que resalte.

    salute, che, qué obrita!

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  4. Ustedes ocúpense de la Villalobos que yo sigo la pista de la madre en Buenos Aires.


    Ay, Alberto ..... qué cierre te toca!

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  5. Bebedores, me lo pusieron jodido... Pero trataré de cumplir con la eficacia del enano y con la contumacia de Irene (se sabe que se le llamba "la Muchopolvo" y que era aguerrida en las cosas de la coynunda.
    Mañana cierro el círculo.
    Por cierto, ¿por qué tiene que ser en un pueblo español y no ashá, en el Mar del Plata? No me sean sonsos, que a Malena so le gusta un quilombo así.

    AG

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  6. No sé por qué, pero yo imaginé que la historia transcurría en algún lugar del Caribe. Ni España y Mar del plata. Pero Irene no tenía en candor de las mujeres caribeñas, claro. Seguro era una puta importada de .... ¿Mar del Plata? Por qué no. :)

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