El amor, la muerte, el enano, la furcia (Tercera parte)



Irene, poco acostumbrada a los requiebros grandilocuentes, reaccionó con una segunda y aún más maquiavélica sonrisa a la osadía de Melquíades, que no ponderó los peligros de su irreflexivo órdago. “Quien no arriesga, no gana” –pensó. Ya lo dice el proverbio oriental: Temer es no sembrar a causa de los pájaros.
Para que sucedan las cosas hay que crear el ambiente adecuado y él estaba dispuesto a poner toda la carne procreadora en el asador del sexo. Consciente, por lo demás, de que, en virtud de la anterior experiencia vivida y mal pagada, a la exuberante Villalobos no le faltaba razón en lo referente a su en-verga-dura y , por si fuera poco, a la precocidad de sus eyaculaciones, trató de seducirla por la aún inexplorada vía de la sentimentalidad, fracasadas la mediometrosexual y la erudita. Así pues, con tono casi implorante y timbre melifluo, se arrancó por el Romance de Curro el Palmo, sin ningún sentido del ridículo:
“¡Ay, amor!, sin ti no entiendo el despertar,
Ay, amor, sin ti mi cama es anchaaaaa…”
La procaz Irene, curtida en las mil malas artes de las izas, rabizas y colipoterras de este perro mundo, empezaba a divertirse con las excentricidades de aquel Zambrano enano, y con renovada socarronería emuló a Merceditas, la del guardarropa de la canción del Nano:

“…carita gitana,
cómo hacer buen vino
de una cepa enana…”

Al mismo tiempo, bien conocedora de su oficio y sin dejar de canturrear, acercó su experta mano a la bragueta de Melquíades; con provocadora determinación palpó el miembro ya empalmado del enano y, cambiando el tono de su voz aguardentosa, le espetó con tanta rudeza como desparpajo:
-Aquí hemos venío a lo que hemos venío. Asín que vamos a lo que vamos.

Infradotado, pero no insensible, rijoso por genética, lúbrico y excitado aún más por la sacralidad, hasta entonces respetada, del altar de su alcoba, lecho infrautilizado tan solo para el descanso y el onanismo activo, Melquíades respondió con una erección de record, prometedora de placeres inéditos, que elevó también su ego prepotente a la máxima potencia, valga -más que nunca- la redundancia. Y abandonado de nuevo, pero en otro sentido, a su letal y obsesiva idea, impelido por la urgencia, le dijo:
- Vamos a la cama y jodamos hasta morir.
Miguel

4 comentarios:

  1. Nunca mejor llamada "petite" mort. :)

    Inconmobible, la Villalobos.

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  2. Con v. Ups. Perdón, jajajajaja.

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  3. Va tomando estos los derroteros venereos que la historia pedía.
    El enano empalmado, la furcia en faena, el cuento avanzando hacia la muerte ineludible.
    Ay qué bien me lo estoy pasando.
    Vamos a la cuarta: sevillanas del lupanar...

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  4. La bella (puta) y la bestia (enana). Los mitos de siempre, derezados de versos, lirismo y una sazón de amargura, simulada con ironía. Hubiera estado bien ver el gigolo y la fea, por romper la rutina. Quizá combinando los roles así la comedia hubiera caído en bufa y esperpento. No sé, tal vez mejor así.

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