El amor, la muerte, el enano, la furcia (Segunda parte)


Al entrar Irene Villalobos en aquella alcoba no encontró a Melquíades tumbado en la cama, como lo esperaba. El enano había vestido sus mejores prendas -que poco ayudaban a ocultar su fealdad- y untado su cuerpo en aceites perfumados. Pero el camino que había elegido para impresionar a la puta fue el menos eficaz; mejores vestidos había quitado ella de cuerpos que olían aún mejor. Rápidamente lo notó nuestro tacaño protagonista al mirar el gesto imperturbable de aquella mujer.


Recurrió entonces a su arma más letal -a su entender-, e impostando la voz le dijo:

- ¿Acaso una leona de los montes, que ladra desde la parte más baja de sus ingles, te parió con tan dura y abominable alma como para que despreciaras los gritos de un suplicante en esta recentísima desgracia, ay, tú, de corazón demasiado cruel?

La sonrisa de Irene hizo que pensara, por unos breves segundos, que había dado justo en el centro del pérfido corazón femenino. Durante ese instante se sintió satisfecho, hasta que escuchó la voz de aflautado timbre, la misma voz que por las calles del pueblo había puesto en duda su virilidad.

- Guarda a Cátulo para que te ayude durante otras noches, pequeño. Ni siquiera a Lesbia conmovieron aquellos versos. Vine hasta tu cama buscando dinero, no erudición.

Sintió Melquíades que sus mejillas estallaban de calor, y no supo si debía atribuirlo a la vergûenza o a la pasión que aquella mujer despertaba en él. Pronunció entonces la frase que jamás debió haber dicho, al menos no aquella noche:

- Que me lleve la muerte si no logro que te enamores de mí.

Malena

3 comentarios:

  1. Muy buena segunda parte, Malena. Creo que superaste ampliamente el desafío. Cátulo y Lesbia. Zaira Nara y Forlán. Al final siempre es por lo mismo. Un beso!!!

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  2. Melquiades e Irene, la bestia y la bella, en versión Scorsese, con un tinte poético y ríos de sudor. Tú tienes lo que yo busco, yo busco lo que tú puedes darme.

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  3. Se cuenta de un actor catalán, muy dado a las extralimitaciones carnales y a las promiscuas visitas al prostíbulo,que, mayor ya y enfermo, buscaba con insistencia y dedicación el momento del trance final en plena faena, elevando la categoría de la petite mort de los franceses a la grande mort definitiva. Y así fue, cuentan testigos fidedignos. Con su voz ronca y estentórea, exclamó, cuando alcanzaba el clímax:"Mirad como me muero, mirad como me muero, con dos c..."

    Malena, tu relato avanza por el camino de la perfección. Miedo tengo a la "elucubración precoz" a estas alturas de la historia.

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