Ataraxia



Dicen los científicos que todos los seres humanos poseemos un sensor natural que nos hace reaccionar ante el peligro o el dolor; se trata de un mecanismo espontáneo de autoprotección. La madre naturaleza cuida de nosotros, no solo ante los patógenos foráneos, sino también ante nuestra propia incapacidad de protegernos. Si careciéramos de esta estrategia de defensa, tendríamos un grave déficit de inmunidad. Nuestro cerebro no reconocería ninguna situación de vulnerabilidad, quedando expuestos sin ser conscientes de que el origen de nuestro desamparo reside en nuestra propia deficiencia. Nuestra vida sería una constante perplejidad; no interpretaríamos las conductas violentas como tales. Nuestra respuesta más natural sería la no confrontar la agresión, actuar de manera pasiva ante nuestro verdugo. Casi todo el mundo responde al peligro a través del mecanismo fight or flight (luchar o huir). Aquellos que carecen de este instinto, permanecen impasibles ante un acto violento o un estímulo doloroso. Esta patología presenta un peligro evidente para la persona que lo padece; también provoca en ella una total incapacidad para el placer. Su incapacidad de reaccionar ante los estímulos relevantes genera apatía; el paciente no puede sentir y mucho menos expresar en palabras las sensaciones. La ausencia de dolor lleva aparejada la imposibilidad de apreciar gozo, disfrute, éxtasis, alivio, consuelo...

La neuropsicología cree que este tipo de afecciones se deben a una lesión cerebral o a un trauma profundo que bloquea nuestra memoria emocional. Estos individuos se muestran distantes, imperturbables ante las desgracias o dichas ajenas; igualmente, son incapaces de responder con tristeza o alegría ante situaciones de displacer o placer personales. Aquellas personas que padecen esta disfunción son inmunes a las adicciones. Quizá esto pueda parecer a algunos una ventaja, pero no lo es. Un neuroapático es capaz de ponerse de todo sin sentir los efectos fisiológicos de la droga, lo cual supone un riesgo considerable para su integridad. Asimismo, no sabe discriminar entre un peligro real y otro ficticio; simplemente no reconoce ninguna situación de desprotección, comportándose siempre de forma lógica y ordenada, guiándose por criterios racionales y sistemáticos. Estos enfermos no procesan la información sensorial de su cuerpo; en su lugar hacen uso directo de sus lóbulos frontales a la hora de orientarse y tomar decisiones, sin evaluar los aspectos emocionales de sus conductas. En casos graves, esto puede generar disfunciones psicofisiológicas, como incapacidad de placer sexual o asociabilidad autista. El sistema límbico de estos individuos ha dejado de funcionar. La amígdala, que nos avisa de los peligros, está desactivada, y con ello también la capacidad de reconocer emociones propias y ajenas. Si a un individuo aquejado de esta incapacidad le mostrásemos una serie de imágenes, unas de gestos emocionales y otras de signos u objetos neutros, su cerebro reaccionaría de igual forma ante cualquiera de los dos grupos. Una persona sana presentaría una actividad mayor de su amígdala ante aquellas imágenes que expresan emociones.

El paciente ataráxico sería un excelente jugador de póker. Difícilmente podríamos notar si su estrategia se trata de un farol o no, ya que un oponente perspicaz no sería capaz de notar conductas asociadas a la ansiedad o el nerviosismo (hiperflexión muscular, movimientos rápidos de manos, tics). Este tipo de individuos no necesita autocontrolarse; su cerebro reacciona de manera racional ante una rutina o costumbre. Solo es posible cortocircuitar su estabilidad a través de conductas aleatorias que le desvíen de su planificación. Este comportamiento es habitual en personas con fobias, manías, autismos y trastornos obsesivo-compulsivos; establecen a través de la rutina un reequilibrio homeostático de su psique. El desvío de la ruta preestablecida les angustia.

A priori, se supone que estamos programados para sentir dolor o placer, y que estas sensaciones son necesarios para encontrar nuestro equilibrio personal. Quienes carecen de esta capacidad connatural están irremediablemente condenados a la infelicidad. El dolor es un componente esencial, una condición sine qua non para ser felices. ¡Triste de aquel que atraviesa este páramo aciago sin perturbarse ni aliviar al aflijido! Si existe un infierno, a él está destinado.

Ramón Besonías Román

5 comentarios:

  1. A mayor abundamiento, ¿el perezoso podría llegar a ser ataráxico (o viceversa)? Andamos a la búsqueda de la perfección a través del método científico. Porque según la Wiki, "se denomina ataraxia (del griego ἀταραξία, "ausencia de turbación") a la disposición del ánimo propuesta por los epicúreos, estoicos y escépticos, gracias a la cual un sujeto, mediante la disminución de la intensidad de sus pasiones y deseos y la fortaleza frente a la adversidad, alcanza el equilibrio y finalmente la felicidad, que es el fin de estas tres corrientes filosóficas. La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos. El budismo no es ajeno a este tipo de planteamientos."
    Yo creo, por tanto que, dada la actividad hipertóxica de la vida, lo mejor es ataraxisarse, no atarearse ni desperezarse. El círculo se cierra: Todos los caminos llevan a la Nada.

    Erudición por un tubo, amigo Ramón.

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  2. Si la ataraxia es tranquilidad, lamentablemente los que la padecen no pueden disfrutarla. Sólo los que conocemos el caos, sabemos las ventajas de la paz.

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  3. Estoy también por el caos o, por lo menos, por una vida en la que que implicarte, que al fin y al cabo es la tuya. Me molesta mucho sufrir situaciones dolorosas, pero sí es el precio que hay que pagar por sentir el placer, en miles de formas, vale la pena sufrirlas.
    Ahora mismo, estoy a punto de darle tres o cuatro veces a Publicar un comentario y poner un jodido catcha otras dos veces, pero me compensa si con ello aparece mi estupidez en el blog y después respondéis con vuestras ideas. No digáis que no es un chollo, todo un ofertón: Porque yo no soy tonto!

    Alberto

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  4. Comparto la observación de Malena. La paz hay que ganársela. Raras veces tenemos la sensación de estar satisfechos sin haberlo merecido. No es que haya que buscar el dolor de manera voluntaria, pero es cierto que solo se llega a un grado de felicidad sostenible bajo su tutela. C'est la vie.

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  5. Es el peor de los males. El vértigo es la vida. Días ataráxicos (qué manera de escribir, qué mal suena) valen para apreciar los otros, los de la montaña rusa, los de la acción. Como el cine de Bergman y la última de Favreau, la de los cowboys y los aliens. Pues eso. Hoy estoy alien total.

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