Una calle empedrada y sin salida



Me críe en una calle empedrada y sin salida. Apenas entraban coches, circunstancia que nos permitía desfogar nuestra ilimitada imaginación sin apenas injerencias. La calle terminaba en un edificio a través del que solo se podía acceder entrando por la puerta trasera de unos recreativos o de otra puerta que permanecía cerrada casi siempre y de la que inventábamos macabras historias que alimentaban nuestra comprensión del mundo adulto; unas veces era un nido de etarras, otras un prostíbulo.

Vivía en un barrio formado principalmente por emigrantes andaluces, gallegos y extremeños, que vieron en Euskadi una fértil tierra de las oportunidades. Mis amigos eran en su mayoría hijos de estos emigrantes. Por entonces, apenas jugábamos en casa, a no ser que fuera el cumpleaños de un amigo o el tuyo propio, o quedaras con ellos para probar los juguetes que te habían regalado recientemente. Todos mis recuerdos de juegos colectivos tienen lugar en la calle, aquella calle empedrada y sin salida.

Otra peculiaridad de mi calle era que encima de mi edificio el ayuntamiento de Barakaldo tenía su servicio de camiones de recogida de basura. Aunque parezca mentira, esta circunstancia no convertía mi calle en un lugar insano y apestoso; los camiones llegaban al hangar ya vacíos y aseados. Aunque la mayoría de ellos permanecían resguardados, en ocasiones dejaban en la calle alguno de ellos, convirtiéndose a los ojos de un niño en diligencias protagonistas de un western. Subíamos a aquellos gigantes con ruedas e inventábamos historias acerca de policías implacables, asesinos sin moral (pero seductores), pistoleros con cara de perro y demás arquetipos a la moda.

En mi calle había una cabina de teléfono, pero no era la cabina en sí lo que la convertía en un objeto de deseo infantil. La virtud de esa cabina residía en el hecho de estar instalada en una esquina. Esta característica convertía a aquel espacio en un candidato privilegiado para montar puestos de mando estratégicos y fortificaciones inexpugnables. Las construíamos con cajas de fruta que robábamos en la plaza de abastos. Por entonces, todos los productos comestibles se entregaban en cajas de madera, apuntaladas con grapas. Aquello que para un frutero era un incordio una vez colocada la mercancía sobre el mostrador, para nosotros se convertía en materia prima de nuestras edificaciones militares.

Hoy muchos padres se quejan de que los videojuegos provocan en sus hijos nerviosismo y agresividad. Cuando era niño, no existían juegos electrónicos, ordenadores ni móviles, pero nuestros juegos no eran por ello menos expeditivos. La única circunstancia que los diferenciaba de aquellos con los que se distraen hoy los niños reside en que el contexto en el que se desarrollaban nuestras aventuras no era virtual; jugábamos a bandidos, pistoleros, policías, vampiros, princesas en apuros, soldados sin miedo... en la calle, gesticulando los ademanes de nuestros personajes, disfrazándonos con su atuendo, emulando en vivo sus hazañas. En nuestros juegos había escenografía, atrezo, incluso efectos especiales. Todas las características que un programador simula para que su videojuego consiga meter al niño en la acción, convirtiéndose durante ese instante en el protagonista, nosotros las elaborábamos a mano o extraídas de retales y objetos robados de nuestra casa. Éramos directores, guionistas, actores de nuestro propia película. Esto provocaba en no pocas ocasiones accidentes involuntarios: pedradas, caídas cuerpo a tierra, un dardo fuera de ruta, clavado en la rodilla de algún inocente...

Los mejores recuerdos de mis juegos de infancia tienen como escenario aquella calle empedrada y sin salida. Años después la asfaltaron y se llenó de coches. Nunca volvió a ser la misma, nunca volvimos a ser los mismos.


* El niño del centro de la foto soy yo (era yo), flanqueado por dos niños uniformados cuyos nombres desconozco y de los que ya no me queda siquiera un leve recuerdo. Me encanta esta foto, me observo feliz, deshinibido, agreste. Así es como me gusta recordarme.

Ramón Besonías Román

8 comentarios:

  1. Cuando llegaba el buen tiempo, nadie jugaba en casa, es cierto: la calle era el escenario propicio para la imaginación, y durante varias horas el mundo de los niños estaba perfectamente disociado del mundo de los adultos. He visitado este verano la calle de mi infancia (también sin salida), por la tarde, y no había ni un solo niño jugando, ni sin jugar tampoco, como en aquel reino imaginario de la película “Chitty Chitty Bang Bang” donde los niños estaban prohibidos. ¿Detrás de qué pantalla estarían atrapados?

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  2. Tiempos aquellos en que las calles estaban ocupadas por niños felices,aun a pesar de lo que hoy llamariamos situaciones traumaticas!!!!!!!!

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  3. En mi caso, esa calle era el pueblo entero. La sensación de libertad formaba parte del juego en el que nos sumergíamos de la mañana a la noche, aunque cambiara de nombre, de normas o de avatares. La dramatización constante de la existencia, con la entrada y salida de actores sin solución de continuidad en el escenario lúdico.

    Yo creo que los que nos dedicamos a la enseñanza (sobre todo) no perdemos nunca al niño que llevamos dentro. Y en todo caso, con el tiempo nos puerilizamos (como decía el personaje que protagonizaba Fernán Gómez en Belle Époque).

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  4. El escrito de todos es lo que has entregado hoy, Ramón. Un poco de mí anda por ahí, incluso en esa foto. Hay en casa una en la que podemos cambiar las caras, tal vez la ropa o la marca del coche, pero no el espíritu. El niño de dentro, como dice Miguel, se deja más tarde (ojalá) o no se deja siendo maestro. Tenemos un oficio bendito y hay que mimarlo, aunque sea por prestigiar el juego, por darle las alas que el mundo le está robando, amputando.
    C

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  5. en mi cuadra había un sanitario, que en sus ratos libres "curraba" (acá curro es un trabajito alternativo ocasional) fundiendo plomo. hacía unos hermosos ladrillos de plata brillante, y desparramaba por la vereda extrañas formas brillantes (luego las juntaba con celo) que los niños de la cuadra robábamos para inocentes batallas a plomazos. aún conservo una cicatriz en la frente y el recuerdo de la cara de mi madre cuando me vió chorreando sangre.

    salú!
    y buena vida...
    f

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  6. Cuando decidí ser mamá volví a mi pueblo, donde los chicos siguen jugando en la calle o a la pelota en potreros (terrenos baldíos convertidos en canchas de fútbol). Las bicicletas están a la orden del día y la Play es un recurso utilizable únicamente los días de lluvia.

    Seguís siendo el nene de la foto, Ramón.

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  7. Sí, es cierto , eres el niño ése aun.

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  8. No sólo tengo la sensación de haber leído esto antes de que anteayer lo publicaras: es que también tengo la de haberlo escrito (o vivido) yo un poco antes, sólo que mi calle era abierta, con pocos coches y con una carbonería en la esquina.
    Falta, eso sí, Pijoaparte y su grupo contando las aventis de "Si te diecen que caí", o "Rabos de laghartija", pero en esa estampa costumbrista está la niñez universal: la tuya, la de Miguel en Torreperogilo, la mía en Alacudete, tal vez la de Malena ashá en el Mar del Plata (¿vihte?)...
    Está mal autocitarse, pero permitidme recordar aquellas tardes:
    http://albertogranados.wordpress.com/2010/03/25/tardes-de-primavera/

    Alberto

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