Un día cualquiera

7:30 de la mañana. Me da pereza levantarme tan temprano. Podría poner el despertador quince minutos más tarde, pero si no te obligas a ti misma, estás perdida. Hay que seguir el ritual a rajatabla; un pequeño despiste y acabas mandando la disciplina al retrete. Me levanto nada más oír el despertador, apenas dejo que emita dos notas. Lo elegí yo misma, uno con cronoterapia y sonidoterapia, que te despierta con colores y sonidos de la naturaleza. Me aseguraron que era relajante, pero -la verdad- apenas me da tiempo de apreciar sus virtudes. Soy como un soldado al toque de diana; salgo respingada de la cama y me voy directa a la ducha.

La ducha es mi momento preferido del día. El cuarto de baño es como un templo privado, alejado del ruido y las demandas de mis cachorros. Hoy se ocupa Luis de despertarlos, así que puedo dedicar un rato más a mi liturgia de aseo y ropero. La esponja la mandé enviar desde Grecia. Internet es estupendo, descubres cada cosa. Las esponjas griegas están elaboradas con algas marinas, lo que las hace mucho más suaves que las que puedes comprar en un supermercado o incluso en una parafarmacia. Son como las que se usan para asear a los bebés, pero más grandes. Y duran mucho. La última me duró casi dos semanas. Respecto al dilema sobre usar gel o jabón, no tengo duda alguna. Me inclino por el jabón, hipoalergénico y sin perfume; tengo la piel seca y no puedo arriesgarme. También probé con el gel de aloe vera premium y, pese a que es excelente para mi piel, acabo siempre decantándome por los jabones. No me fío de los geles, no me fío de la química. Vete tú a saber qué les echan a esos productos.

Al salir de la ducha, no hay nada mejor que un exfoliante, para quitarte de encima todas esas células muertas que no ves, pero que sabes que están ahí, cubriendo tu cuerpo. El agua caliente abre los poros y te deja como nueva. A veces uso un exfoliante natural, mezclando una cucharada de yogurt natural con una cucharada de avena; a continuación me aplico una crema humectante en la piel y lista para todo el día. Hay exfoliantes muy buenos, que apenas tiene bolitas y son muy efectivos; tengo una amiga -Tere (su marido es médico pediatra)- que trabaja en una farmacia y me los pide diréctamente de fábrica. Después de secarme, me echo una crema hidratante. Mi preferida es una ecológica que se llama Themis; se fabrica en África y solo cuesta 20 euros. Para terminar el ritual, me lavo bien las manos, para quitarme toda la pringue, y ya me siento preparada para vencer cualquier dificultad. Realizar esta ceremonia cada día tiene algo de espiritual, como si me lavara también el alma. ¿Me entiendes?

Me gustaría ser como Jennifer López y no maquillarme por la mañana, pero una no puede luchar contra su naturaleza. La adolescencia dejó sobre mi piel algunas grietas que la edad no ha logrado evaporar. De joven era propensa al acné y no dejaba de tocarme los granos; ya sabes, esa manía acaba pasándote factura con la edad. Así que mucho me temo que debo desistir de emular a mi divina JO y ceder a la realidad. Tras la crema hidratante, me echo una leche de almendras que le va genial a mi piel seca -la loción humectante de pepinos tampoco va mal-; después me aplico una prebase y una base de maquillaje, un leve color en los ojos, unos polvos suaves, el rímel reglamentario y nada más. Para los labios, suelo elegir barras de efecto water. Como soy un tanto morena, suelo elegir leves rubores rosáceos.

Salgo del cuarto de baño y me visto. Otra odisea. Normalmente elijo la noche antes qué me voy a poner. Si no lo hiciera, despertaría a los peques con el movimiento de perchas. Soy muy indecisa; no acabo nunca por estar muy segura de si me sienta bien este o aquel otro vestido. Por esta razón, cuando ya están dormidos los niños y mi marido -no les he presentado, se llama Sergio, es arquitecto (está mal que yo lo diga, pero es muy bueno en lo suyo)- me voy al dormitorio y descuelgo medio ropero. Tiendo sobre la cama mis telas y las combino a gusto. Al final acabo eligiendo la opción inicial. Mi cuerpo es como un reloj de arena -compensación de mis dos horas diarias de footing, spinning y step-, así que suelo elegir vestidos entallados, aunque no me gusta ir por ahí enseñando tetas ni culo. Prefiero la discreción y la elegancia. Odio a esas personas que van vestidas siempre igual, vayan al super o a una cena de gala. Deberían enseñar esas cosas en el colegio..

Los zapatos son mi perdición; tengo más pares que vestidos. Mi marido ya me ha dejado por imposible y sopla resignado cuando tiro de su chaqueta para que entremos en una zapatería. No le hago ascos a una buen tacón de aguja y tengo predilección por las aperturas de proa; me encanta exhibir los dedos de los pies. Si te pintas las uñas, que se vean, ¿no? Adoro los Gucci y recientemente he descubierto la nueva colección de Miu Miu; un tesoro. Evito usar medias. Después del dinero que me gasto en tener mis piernas inmaculadas, como para no enseñarlas.

Hoy es una mañana especial. He quedado con dos amigas de la infancia. Las veo muy poco. Maite está casi todo el año fuera de España, vigilando que no se pierda su marido (y no es para menos; menudo pendón). Y Sofía no tiene tiempo para nadie; dirige un negocio de decoración en Gran Vía que le come todo el día. Por eso este encuentro es una especie de milagro para mí. Estoy tan sola, todo el día en casa o de tiendas. A las dos recojo a los niños; podría hacerlo Dolores, nuestra empleada del hogar (como se dice ahora), pero me aburro tanto. Por la tarde, Carmencita y Borja me dejan baldada; son incansables, y eso que tienen cientos de juguetes en su habitación. Voy al parque, charloteo con las madres del barrio y, cuando me quiero dar cuenta, tengo que volver a casa. Cuando llega Sergio, los niños ya están acostados y yo estoy tan cansada; apenas nos da para una breve conversación sobre su trabajo. Tendríamos que hacer el amor más a menudo. He oído que el sexo es bueno para la piel.


Ramón Besonías Román

8 comentarios:

  1. 1ª Observación: ¡La leche que le dieron! (como diría mi abuela).
    2ª: La que este libre de leches que tire la primera crema.
    3ª: La maestra protagonista de Plenilunio, Susana Rey (A. Muñoz Molina), cuando se libera del "progre" alfarero y de sus dogmas infalibles, descubre que ,lejos de ser una "costumbre pequeño-burguesa",el hecho de arreglarse, de aplicarse una crema, de perfumarse...es un auténtico placer.
    4ª: Como siempre, en el equilibrio está la virtud. Pero donde se ponga una piel suave al tacto...
    5ª Tu texto es espléndido.¡Tómate lo que quieras, Ramón! Invita la casa

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  2. En el punto 3 está quizá el quid de la cuestión. La soledad, la comodidad,... Las manías la salvan de recordar a cada rato los sueños rotos, la niña que fue, las decisiones mal hilachadas,... Le dan seguridad, reconfortan.

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  3. Un texto en que el personaje se retrata perfectamente por su ausencia de conducta: sólo hábitos casi automatizados, descomprometidos, deshumanizados. Eso es la rutina, que tiene algo de terapia: te salva de ti mismo.

    Me ha encantado el texto.

    Abrazos y tragos en esta barra libre.

    Alberto Granados

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  4. Y a su vez, Alberto, muy humana, frágil en su vanalidad. Ha creado un personaje, su máscara que la proteje contra el dolor de mirar cara a cara a su realidad.

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  5. I Robot, se podría haber llamado, en honor al amigo Asimov o al mejor Alan Parsons que recuerdo. La cabeza es un búnker. El cuerpo es el chasis de ese búnker. Tiene poco que ver con lo que acabo de leer (y de disfrutar) pero he pensado (mientras leía) en la posibilidad de prescindir del cuerpo, en una sociedad (no hablo por mí) en la que se prescindiera del chasis y nos entendiéramos ( o no) sólo con impulsos cerebrales. Unidades de conciencia embutidas en una supermáquina. Ya ves, ciencia-ficción, Ramón. Eso has conseguido. Caso de que hagan una peli de esto (nosotros empezamos en Ojo de Buey, hace ya unos años, ¿verdad, Ramón?) me pregunto quién lo dirigiría. ¿Un Almodóvar, un minucioso Almodóvar, pendiente de lo rutinario femenino?

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  6. Un cuento estupendo, sin ser un cuento, Ramón.
    Hay gente así. Yo conozco una, al menos una. No es tan "exagerada" pero cumple con algunos de esos requisitos "epidérmicos" indispensables para meterse en la cama en paz con Dios y con su libro de belleza. Yo callo porque soy un santo, jeje.

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  7. Tiene bastante de la última sub-novela de Rosa Montero.

    AG

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  8. Debo decir que sabés meterte muy bien en la piel de una mujer (y eso que ésta tiene muchas capas de crema encima; difícil no resbalar).

    El rito del baño cuando la casa está en silencio y disponer de un rato para mimarse es un placer. Pero si se convierte en una rutina obligatoria, pierde la gracia. Pero imagino que la señora del relato no tenía mejores cosas que hacer.

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