Jugamos para no pensar en la muerte


No dejamos nunca de jugar. Se confunden o se olvidan las reglas, pero persiste la naturaleza misma del juego, su creación de un mundo ajeno al mundo, la constatacióm casi brutal de la hondura moral del juego.

No dejando jamás de jugar evitamos, quizà sin conciencia, la fuga del niño. A pesar de que exhibamos indicios fiables de que abandonamos la infsncia e ingresamos en lo más acendradamente adulto, tutelamos, con pudor, con afecto, al niño dentro.

Jugamos a amar y a desamar. En esa condición un poco velada de puro juego el amor no hiere si flaquea. Tampoco es un mal recurso para sobrellevar el peso de los días. No albergamos ansias de eternidad porque ningún juego dura para siempre.

Mientras jugamos distraemos el alma de asuntos que la dañan. Jugar es, en todas las edades, un fantástico mecanismo de defensa, una trinchera confortable, un búnker contra los festínes del miedo o de la soledad o del hastío. En cierto modo, el arte es un espejo muy trabajado del juego. El cine es una extensión del juego. O la literatura.

Finaliza la película o concluye la lectura y regresamos, en ocasiones violentamente a la áspera realidad. Por eso aceptamos que el juego administre cierta parte de la vida. La otra, la seria, la que no juega, es normalmente la que nos enferma, la que más dolor causa. Jugamos para no pensar en la muerte.

Emilio Calvo de Mora

5 comentarios:

  1. Tu reflexión me hizo pensar en "El séptimo sello", en esa escena del hombre jugando al ajedrez con la muerte. Una partida cantada desde su inicio, pero que los seres humanos decidimos jugar. No hacerlo sería claudicar, morir antes de que la parca te haya elegido.

    La lucha (el juego) es nuestra condición. Ella nos hace humanos.

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  2. En el más literario e iniciático de los juegos -el de la Oca- representamos todas las facetas de nuestro yo simbólico.El mito de Sísifo y su eterno retorno,aun en la victoria. La pulsión del azar y de la cábala en el lanzamiento del dado, para adentrarse en la espiral de la vida, en la conjetura delimitada del espacio y del tiempo,ora detenido,ora acelerado. La pérdida en el laberinto y su regreso al 13; la cárcel; el abismo del pozo; el río que se cruza con sus saltos de puentes. Y la muerte, tan próxima al final, como ensayo general de su inevitable presencia...¡Quién no hizo trampa alguna vez!

    Ahora mi juego favorito es el woodyalleniano: el juego del amor. Y aquí no hay trampa que valga: si ganas,ganas; y si pierdes, pierdes (yo sé lo que me digo).

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  3. Miguel, en ese juego que mencionas, si pierdes, pierdes, como es evidente. Lo jodido es que si ganas, también pierdes.
    Y yo también sé lo que me digo: quien lo probó lo sabe.

    AG

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  4. Creía Cortázar que el juego es una forma desacralizada de todo lo que para la humanidad inicial eran ceremonias sagradas, y qué sentido tenían esas ceremonias sino trascender el temor, precisamente a la muerte. Y añadía Cortázar: "Yo he descubierto el secreto de un amigo en una partida de póquer", lo que da la medida de ese desvelamiento y esa hondura que tiene el juego, esa verdad, ese hipnotismo.

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  5. Al fin y al cabo, la vida es una experiencia lúdica en la que nos puede tocar ser peones o reina, según las reglas del azar.

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